las que mi tía había tomado a su servicio expresamente para educarlas en la renuncia al género humano, y que por lo general habían coronado su abjuración casándose con el
El cuarto estaba tan ordenado como Janet o mi tía. Al dejar mi pluma hace un momento para pensar en ello, el aire del mar volvió a entrar soplando, mezclado con el perfume de las flores; y vi los muebles a la antigua bien frotados y lustrados, la silla y la mesa inviolables de mi tía junto al biombo verde redondo en el ventanal, la alfombra cubierta de jerga, el gato, el agarrador de ollas, los dos canarios, la loza vieja, la ponchera llena de pétalos de rosa secos, el alto armario que guardaba toda clase de botellas y tarros, y, maravillosamente desentonando con el resto, a mi polvoriento yo sobre el sofá, tomando nota de todo.
Janet se había ido a preparar el baño, cuando mi tía, para mi gran alarma, se quedó en un momento rígida de indignación, y apenas tuvo voz para gritar: «¡Janet! ¡Los burros!».
A lo cual, Janet acudió corriendo por la escalera como si la casa estuviera en llamas, salió disparada a un pequeño trozo de césped delantero y ahuyentó a dos burros de silla, montados por damas, que habían tenido la osadía de poner la pezuña en él; mientras mi tía, saliendo a toda prisa de la casa, agarró la brida de un tercer animal cargado con un niño a horcajadas, lo hizo girar, lo condujo fuera de aquellos sagrados recintos y le dio un bofetón en las orejas al infeliz muchacho que lo acompañaba, el cual se había atrevido a profanar tan sagrado suelo.
Hasta el día de hoy no sé si mi tía tenía algún derecho de paso legítimo sobre aquel trozo de césped; pero ella se le había metido en la cabeza que sí, y para el caso era lo mismo. El gran ultraje de su vida, que exigía ser constantemente vengado, era el paso de un burro por aquel lugar inmaculado.