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nydus/David CopperfieldPublic
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LXIII

—Nuestra suerte, amo Davy —respondió—, se cuenta pronto. No nos ha ido de cualquier modo, sino que nos ha ido como para prosperar. Siempre hemos prosperado. Hemos trabajado como debíamos, y tal vez vivimos un poco apretados al principio más o menos, pero siempre hemos prosperado.

Entre la cría de ovejas, y la cría de ganado, y una cosa y otra, estamos tan bien pasados como es posible estarlo.

Ha caído como una especie de bendición sobre nosotros —dijo el señor Peggotty, inclinando reverentemente la cabeza—, y no hemos hecho otra cosa que prosperar. Es decir, a la larga. Si no ayer, pues entonces hoy. Si no hoy, pues entonces mañana.

—¿Y Emily? —dijimos Agnes y yo, al unísono.

—Em’ly —dijo él—, arter que usted la dejó, señora... y nunca la oí rezar por la noche, al otro lado del biombo de lona, cuando nos instalamos en el Bush, sin oír su nombre de usted... y arter que ella y yo perdimos de vista al Mas’r Davy, con aquel reluciente poniente, fue tan bajito al principio que, si hubiera sabido entonces lo que el Mas’r Davy nos ocultó con tanta bondad y consideración, es mi opinión que se habría marchitado.

Pero había a bordo unos pobres que padecían una enfermedad, y ella los cuidó; y estaban los niños de nuestro grupo, y ella los cuidó; y así llegó a estar ocupada, haciendo el bien, y eso la ayudó.

—¿Cuándo oyó hablar de eso por primera vez? —le pregunté.

—Se lo oculté desde que supe de aquello —dijo el señor Peggotty—, por espacio de casi un año. Vivíamos entonces en un lugar solitario, pero entre los árboles más hermosos, y con las rosas cubriendo nuestra morada hasta el tejado. Un día en que yo andaba trabajando en el campo, llegó

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