—El señor Spenlow está en los tribunales, señora —dijo el hombre seco—; hoy es día de audiencia en los Arches, pero está muy cerca y lo mandaré a buscar ahora mismo.
Mientras nos dejaban a nuestro aire a la espera de que trajeran al señor Spenlow, aproveché la ocasión.
Los muebles de la habitación eran antiguos y polvorientos; y el tapete de bayeta verde de la mesa de escritorio había perdido todo su color, y estaba tan ajado y pálido como un viejo mendigo.
Había en ella gran cantidad de atados de papeles, algunos con rótulos que decían Alegaciones, y otros (para mi sorpresa) Libelos, y otros del Tribunal del Consistorio, y otros de los Reales Tribunales, y otros del Tribunal de Prerrogativas, y otros del Tribunal del Almirantazgo, y otros del Tribunal de Delegados; lo que me dio pie a preguntarme cuántos tribunales podría haber en total, y cuánto se tardaría en comprenderlos todos.
Además de estos, había varios libros enormes de declaraciones juradas manuscritas, sólidamente encuadernados y atados en juegos macizos, un juego por cada causa, como si cada causa fuera una historia en diez o veinte volúmenes.
Todo aquello parecía razonablemente costoso, pensé, y me dio una idea muy agradable del negocio de un procurador.
Estaba paseando los ojos con creciente complacencia por estos y muchos objetos semejantes, cuando se oyeron pasos apresurados en la habitación contigua y el señor Spenlow, con una toga negra ribeteada de armiño blanco, entró a toda prisa, quitándose el sombrero a medida que avanzaba.
Era un caballero bajito y de cabello claro, de botas innegables y con la más rígida de las corbatas blancas y los más rígidos cuellos de camisa.