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nydus/David CopperfieldPublic
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V. Me envían lejos de casa

Me envían lejos de casa

Habríamos recorrido media milla y mi pañuelo de bolsillo ya estaba empapado, cuando el carretero se detuvo en seco.

Asomándome para averiguar el motivo, vi, para mi asombro, a Peggotty salir de un seto de un salto y subirse al carro. Me tomó entre sus brazos y me apretó contra sus ballenas hasta causarme un dolor agudo en la nariz, aunque no caí en la cuenta hasta después, cuando la noté muy sensible.

Peggotty no pronunció una sola sola palabra. Liberando uno de sus brazos, lo metió hasta el codo en el bolsillo y sacó unas bolsas de papel con pasteles que me metió a empujones en los bolsillos, y un monedero que me puso en la mano, pero ni una sola palabra dijo.

Tras otro y definitivo apretón con ambos brazos, se bajó del carro y echó a correr; y tengo para mí, como siempre he tenido, que lo hizo sin un solo botón en el vestido. Recogí uno, de varios que rodaban por ahí, y lo atesoré como recuerdo durante mucho tiempo.

El carretero me miró, como si preguntara si ella iba a volver. Negué con la cabeza y dije que creía que no. —Pues arriba —le dijo el carretero al caballo perezoso, el cual subió en consecuencia.

Habiendo llorado ya todo lo posible, comencé a pensar que no servía de nada seguir llorando, sobre todo porque ni Roderick Random, ni aquel capitán de la Marina Real británica, habían llorado jamás, que yo recordara, en situaciones difíciles.

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