como su marido y su cuñada. Ese fue el comentario que me hizo la señora Chillip la semana pasada sin ir más lejos. Y le aseguro, caballero, que las señoras son muy observadoras. ¡La señora misma es una gran observadora!
—¿Profesionaliza lúgubremente seguir siendo (me da vergüenza usar la palabra en semejante asociación) religioso? —inquirí.
—Usted se adelanta, caballero —dijo el señor Chillip, poniéndosele los párpados muy rojos debido al inusual estímulo en el que se complacía.
—Una de las observaciones más impresionantes de la señora Chillip. La señora Chillip —continuó, de la manera más calma y pausada—, me dejó completamente electrificado al señalar que el señor Murdstone erige una imagen de sí mismo y la llama la Naturaleza Divina. Le aseguro, caballero, que la pluma de un ave me habría podido derribar de espaldas cuando la señora Chillip dijo tal cosa. Las damas son grandes observadoras, ¿verdad, caballero?