“Y por eso apruebo tanto”, dijo la señora Markleham, dándole golpecitos en el hombro con su abanico cerrado, “tu consideración. Demuestra que no esperas, como esperan muchas personas mayores, cabezas maduras sobre hombros jóvenes. Has estudiado el carácter de Annie y lo comprendes. ¡Eso es lo que encuentro tan encantador!”.
Aun el rostro calmo y paciente del doctor Strong expresó cierto pequeño atisbo de dolor, según creí notar, bajo el suplicio de aquellos cumplidos.
—Por lo tanto, mi querido doctor —dijo el Viejo Soldado, dándole varias palmaditas afectuosas—, puede usted disponer de mí en todo momento y ocasión. Ahora bien, entienda que estoy enteramente a su servicio. Estoy listo para ir con Annie a óperas, conciertos, exposiciones, todo tipo de lugares; y jamás hallará que me canso. ¡El deber, mi querido doctor, está por encima de cualquier otra consideración en el universo!
Cumplió su palabra. Era de esas personas que pueden soportar una gran dosis de placer, y jamás flaqueó en su perseverancia por la causa. Raras veces caía en sus manos el periódico (que se sentaba a leer todos los días durante dos horas en el sillón más blando de la casa, ayudándose de un monóculo), sin que encontrara en él algo que, según estaba segura, a Annie le encantaría ver.
De nada servía que Annie protestara diciendo que estaba cansada de semejantes cosas. La amonestación de su madre siempre era: «Vamos, querida Annie, estoy segura de que sabes muy bien que no es así; y debo decirte, mi amor, que no estás correspondiendo como debido a la amabilidad del doctor Strong».
Esto solía decirse en presencia del Doctor, y me pareció que constituía el principal incentivo de Annie para retirar sus objeciones cuando las ponía. Pero, por lo general, se resignaba a su madre e iba donde la Vieja Soldado quería.