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nydus/David CopperfieldPublic
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Observo

El aire era tan transparente y agradable, y el caballo parecía disfrutar tanto con la idea del paseo, tal como estaba allí resoplando y rascando el suelo junto a la puerta del jardín, que me entró muchísimas ganas de ir.

Así que me mandaron arriba, con Peggotty, para que me pusiera apuesto; y entretanto el señor Murdstone desmontó y, con la brida del caballo pasada por el brazo, se puso a pasear lentamente de arriba abajo por la parte exterior de la cerca de eglantina, mientras mi madre paseaba lentamente de arriba abajo por la parte interior para hacerle compañía.

Recuerdo que Peggotty y yo los espiábamos desde mi ventanita; recuerdo con qué atención parecían examinar la eglantina que los separaba mientras caminaban, y cómo, de estar de un humor perfectamente angelical, Peggotty se puso de mal humor en un segundo y me cepilló el pelo a contrapelo, con muchísima brusquedad.

El señor Murdstone y yo no tardamos en ponernos en camino, al trote por la hierba verde a la orilla del camino. Me sujetaba con bastante facilidad con un solo brazo, y no creo que yo soliera estar inquieto; pero no podía decidirme a ir sentado delante de él sin volver la cabeza de vez en cuando y mirar su rostro. Tenía esa clase de ojo negro y plano —necesito una palabra mejor para expresar un ojo que no tiene profundidad en la que mirarse— que, cuando está distraído, parece desfigurado por alguna peculiaridad de la luz, durante un instante, por una ligera desviación. Varias veces, al mirarlo de reojo, observé esa apariencia con una especie de temor y me pregunté en qué estaría pensando con tanta intensidad. Su cabello y sus patillas, vistos tan de cerca, eran más negros y espesos de lo que incluso yo había creído.

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