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nydus/David CopperfieldPublic
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XL. El caminante

—La mayor parte a pie —respondió él—; a veces en carretas con gente que iba al mercado; a veces en coches vacíos. Muchas millas al día a pie, y a menudo con algún pobre soldado o con otro, que viajaba para ver a sus amigos. No podía hablarle —dijo el señor Peggotty—, ni él a mí; pero hacíamos compañía el uno al otro, también, por los polvorientos caminos.

Debería haberlo sabido por su tono amable.

—Cuando llego a cualquier pueblo —prosiguió—, busco la posada y espero en el patio hasta que aparece alguien (casi siempre aparece alguien) que hable inglés. Entonces les cuento que voy camino de buscar a mi sobrina, y ellos me dicen qué clase de gente principal hay en la casa, y yo espero a ver a cualquiera que se le parezca al entrar o al salir.

Cuando no era la Em’ly, seguía adelante.

Poco a poco, cuando llegaba a una nueva aldea o lo que fuera, entre la gente pobre, descubría que ya sabían de mí. Me sentaban a las puertas de sus chozas, y me daban Dios sabe qué para comer y beber, y me mostraban dónde dormir; y a más de una mujer, señorito Davy, que ha tenido una hija de la edad de la Em’ly, me la he encontrado esperándome en la Cruz de Nuestro Salvador, a las afueras del pueblo, para dispensarme semejantes bondades.

Algunas habían tenido hijas que habían muerto. ¡Y Dios sabe cuán buenas fueron esas madres conmigo!

Era Martha en la puerta. Vi su rostro demacrado y atento con total claridad. Mi temor era que él volviera la cabeza y la viera también.

—A menudo sentaban a sus hijos —en especial a sus niñas —dijo el señor Peggotty—, sobre mis rodillas; y muchas veces habríais podido verme sentado en sus puertas, cuando se venía la noche, casi como si hubieran sido los hijos de mi Niña. ¡Oh, mi Niña!

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