pensar yo—:
“Ahora no te levantes a las cinco, muchachito travieso. ¡Es tan absurdo!”
—Amor mío —dije—, tengo trabajo que hacer.
—¡Pero no lo hagas! —replicó Dora—. ¿Por qué habrías de hacerlo?
Era imposible decirle a aquel dulce y sorpresivo rostrito, de otro modo que no fuera ligera y juguetonamente, que debíamos trabajar para vivir.
—¡Oh! ¡Qué ridículo! —exclamó Dora.
—¿Cómo viviremos sin ella, Dora? —dije yo.
—¿Cómo? ¡De cualquier manera! —dijo Dora.
Parecía creer que había zanjado la cuestión por completo, y me dio un besito tan triunfante, directo desde su inocente corazón, que por nada del mundo la habría hecho dudar de su respuesta.
¡Pues bien! La amé, y seguí amándola de la manera más absorbente, total y completa.
Pero como seguía también trabajando bastante duro, y manteniendo ocupada y al rojo vivo cada una de las muchas hierbas que ahora tenía en el fuego, a veces me sentaba por la noche, frente a mi tía, pensando en cómo había asustado a Dora aquella vez y en cómo podría abrirme mejor paso con un estuche de guitarra a través del bosque de dificultades, hasta que solía imaginar que se me estaba poniendo la cabeza completamente blanca.