Orgulloso de su encargo, y comprendiéndolo, el señor Dick la acompañó como el perro de un pastor podría acompañar a una oveja. Pero la señora Heep le dio poca guerra; pues no solo regresó con la escritura, sino con la caja en la que esta se encontraba, donde hallamos una libreta de banquero y otros documentos que resultaron útiles más adelante.
—¡Bien! —dijo Traddles, cuando trajeron esto—. Ahora, señor Heep, puede retirarse a pensar: observando en particular, por favor, que le declaro, en nombre de todos los presentes, que solo hay una cosa que hacer; que es la que he explicado; y que debe hacerse sin demora.
Uriah, sin levantar los ojos del suelo, cruzó la habitación arrastrando los pies y con la mano en la barbilla, y deteniéndose en la puerta, dijo:
—Copperfield, siempre te he odiado. Siempre has sido un ambicioso advenedizo y siempre has estado en mi contra.
—Como creo que ya le dije una vez —dije—, es usted quien ha estado, en su codicia y astucia, en contra del mundo entero. Puede resultarle provechoso reflexionar, en el futuro, en que jamás ha habido codicia ni astucia en el mundo que no hayan hecho demasiado y acabado por cavar su propia tumba. Es tan cierto como la muerte.
“O tan cierto como solían enseñar en la escuela (la misma escuela donde aprendí tanta humildad), de nueve a once, que el trabajo era una maldición; y de once a una, que era una bendición, una alegría, una dignidad y no sé cuánto más, ¿eh?”, dijo con una mueca burlona.
“Tú predicas con la misma coherencia que ellos. ¿No se traga la humildad? No me habría ganado a mi estimado socio sin ella, creo.—¡Micawber, viejo matón, ya te las verás conmigo!”.