oportunidad de atraer su atención hacia tales preparativos para una vida seria, ¿se aprovecharía de ella? La señorita Mills respondió afirmativamente con tanta prontitud, que le pregunté además si se haría cargo del Libro de Cocina; y, si alguna vez podía insinuarlo para que Dora lo aceptara, sin asustarla, se comprometería a hacerme ese supremo servicio. La señorita Mills aceptó este encargo también; pero no era muy optimista.
Y Dora regresó, pareciendo una criatura tan adorable y pequeña, que realmente dudé de si debía ser molestada con algo tan ordinario.
Y ella me quería tanto, y era tan cautivadora (particularmente cuando hacía que Jip se pusiera en dos patas por una tostada, y cuando fingía sostenerle esa naricita contra la tetera caliente como castigo porque no quería hacerlo), que me sentí como una especie de monstruo que se hubiera metido en la enramada de un hada, al pensar que la había asustado y hecho llorar.
Después del té tuvimos la guitarra; y Dora cantó aquellas mismas queridas y viejas canciones francesas sobre la imposibilidad de dejar de bailar jamás por ningún motivo, La ra la, La ra la, hasta que me sentí un monstruo mucho mayor que antes.
Solo tuvimos un impedimento para nuestro disfrute, y eso ocurrió poco antes de que me despidiera, cuando, al hacer la señorita Mills una alusión a mañana por la mañana, se me escapó por mala pata que, se me exigía un esfuerzo ahora, me levantaba a las cinco.
Si Dora se imaginaba que yo era un sereno, no sabría decirlo; pero aquello le causó una gran impresión y no volvió a tocar ni a cantar más.
Todavía lo tenía en la cabeza cuando me despedí de ella; y me dijo, con su modito lindo y persuasivo —como si yo fuera una muñeca, solía