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nydus/David CopperfieldPublic
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Observo

salón. No me pareció que le hiciera mucho caso, pero antes de irse le pidió a mi madre que le diera un trozo de la flor. Ella le suplicó que lo escogiera él mismo, pero se negó a hacerlo⁠—no pude entender por qué⁠—, así que ella lo cortó para él y se lo puso en la mano. Dijo que jamás, jamás volvería a desprenderse de él; y pensé que tenía que ser bastante tonto para no saber que se des haría en uno o dos días.

Peggotty comenzó a pasar menos tiempo con nosotros por las tardes de lo que siempre lo había hecho. Mi madre la consultaba muchísimo —más de lo habitual, me parecía— y las tres éramos excelentes amigas; aun así, éramos diferentes de lo que solíamos ser, y ya no estábamos tan a gusto entre nosotras. A veces se me ocurría que tal vez a Peggotty le molestaba que mi madre se pusiera todos los bonitos vestidos que tenía en los cajones, o que fuera tan a menudo a visitar a aquella vecina; pero no conseguía averiguar del todo cómo era aquello.

Gradualmente, me acostumbré a ver al caballero de las patillas negras. No me gustaba más que al principio y sentía hacia él la misma inquietud y celos; pero si tenía alguna razón para ello más allá de la aversión instintiva de un niño y de la idea general de que Peggotty y yo podíamos cuidar mucho de mi madre sin ayuda de nadie, desde luego no era la razón que podría haber encontrado de haber sido mayor.

Nada de eso pasó por mi cabeza ni se acercó a ella. Podía observar en pequeños fragmentos, por así decirlo; pero en cuanto a hacer una red con varios de esos fragmentos y atrapar a alguien en ella, eso estaba, por entonces, fuera de mi alcance.

Una mañana de otoño estaba con mi madre en el jardín delantero, cuando el señor Murdstone⁠—ahora lo conocía por ese nombre⁠—pasó a caballo. Detuvo su montura para saludar a mi madre y dijo que iba a Lowestoft para ver a unos amigos que estaban allí con un yate, y me propuso alegremente que montara en la silla delante de él si me apetececía dar un paseo.

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