Codal
nydus/David CopperfieldPublic
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Observo

Peggotty, que no había dicho una palabra ni movido un dedo, aseguró los pestillos al instante, y todos fuimos al salón. Mi madre, contrariamente a su costumbre habitual, en vez de acercarse al sillón de brazos junto al fuego, se quedó en el otro extremo de la habitación y se sentó canturreando para sus adentros.

—Espero que haya pasado una velada agradable, señora —dijo Peggotty, plantada tan rígida como un tonel en el centro de la habitación, con un candelero en la mano.

—Muchas gracias, Peggotty —respondió mi madre, con voz alegre—, he pasado una tarde muy agradable.

—Un extraño más o menos resulta un cambio agradable —sugirió Peggotty.

—Un cambio muy agradable, en verdad —respondió mi madre.

Continuando Peggotty inmóvil en mitad de la habitación, y reanudando mi madre su canto, me quedé dormido, aunque no tan profundamente como para no oír voces, sin llegar a entender lo que decían. Cuando medio desperté de esta incómoda modorra, encontré a Peggotty y a mi madre ambas en lágrimas y hablando las dos.

—Una así no le habría gustado al señor Copperfield —dijo Peggotty—. ¡Eso lo digo y eso lo juro!

—¡Por el amor de Dios! —exclamó mi madre—, ¡me vas a volver loca! ¿Ha habido alguna vez una pobre muchacha tan maltratada por sus criados como yo? ¿Por qué me hago la injusticia de llamarme muchacha? ¿Es que no he estado casada nunca, Peggotty?

—Dios sabe que sí, señora —replicó Peggotty.

—Entonces, ¿cómo te atreves —dijo mi madre—, ya sabes que no quiero decir cómo te atreves, Peggotty, sino cómo tienes el valor de

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