parpadeando en la puerta con la cabeza afuera, incluso demasiado perezoso para que lo molestaran.
Esta súplica de Dora me causó una profunda impresión. Miro hacia atrás en el tiempo sobre el que escribo; invoco a la figura inocente que tanto amé, para que salga de las brumas y las sombras del pasado, y vuelva hacia mí su dulce cabeza una vez más; y todavía puedo declarar que estas pocas palabras estuvieron constantemente en mi memoria.
Puede que no las haya aprovechado de la mejor manera; era joven e inexperto; pero jamás hice oídos sordos a su ingenuo ruego.
Dora me dijo, poco después, que iba a ser un ama de casa maravillosa.
En consecuencia, sacó brillo a las tabletas, afiló el lápiz, compró un libro de cuentas inmenso, cosió cuidadosamente con aguja e hilo todas las hojas del Libro de Cocina que Jip había roto, y realizó un intento pequeño y desesperado «por portarse bien», como ella lo llamaba.
Pero las cifras tenían su vieja y terca propensión: no había manera de que sumaran.
Cuando había anotado dos o tres conceptos laboriosos en el libro de cuentas, Jip se paseaba por la página, meneando la cola, y los borroneaba todos.
Su propio dedito corazón de la mano derecha se empapó de tinta hasta los huesos; y creo que ese fue el único resultado decisivo que se obtuvo.
A veces, por la tarde, cuando estaba en casa trabajando —pues ya escribía bastante y empezaba a ser conocido modestamente como escritor—, dejaba la pluma y observaba a mi niña-esposa esforzarse por portarse bien. Lo primero de todo era sacar el descomunal libro de cuentas y ponerlo sobre la mesa con un suspiro muy hondo. Luego lo abría por la