primer plazo, no hayamos tenido éxito en nuestra cosecha, o puede que no hayamos podido recogerla. El trabajo, según creo, a veces es difícil de obtener en aquella porción de nuestras posesiones coloniales donde será nuestro destino luchar contra el suelo
—Dispóngalo como le plazca, caballero —dijo mi tía.
—Señora —respondió—, la señora Micawber y yo estamos profundamente conmovidos por la muy considerada bondad de nuestros amigos y benefactores. Lo que deseo es ser perfectamente metódico y perfectamente puntual.
Al pasar, como estamos a punto de pasar, una página completamente nueva; y al tomar impulso, como ahora mismo lo estamos haciendo, para un salto de no común magnitud; es importante para mi sentido del propio respeto, además de ser un ejemplo para mi hijo, que estos arreglos se concluyan de hombre a hombre.
No sé si el señor Micawber le atribuyó algún significado a esta última frase; no sé si alguien lo hace o lo ha hecho jamás; pero parecía disfrutarla enormemente y repitió, con una tos imponente: «de hombre a hombre».
—Propongo —dijo el señor Micawber—, letras de cambio: una conveniencia para el mundo mercantil, que creo debemos originalmente a los judíos, los cuales me parece que han tenido bastante más de la cuenta que ver con ellas desde entonces, debido a que son negociables.
Pero si prefiriera un bono, o cualquier otra clase de garantía, tendría el mayor gusto en suscribir tal documento. De hombre a hombre.
Mi tía observó que, en un caso en el que ambas partes estaban dispuestas a aceptar cualquier cosa, daba por sentado que no habría dificultad en arreglar este punto. El señor Micawber era de su opinión.