Había estado escribiendo, en el periódico y en otras partes, con tanta bonanza que, al alcanzar mi nuevo éxito, me consideré con derecho razonable a escapar de los sombríos debates. Una noche dichosa, por lo tanto, anoté la música de la gaita parlamentaria por última vez, y nunca más la he vuelto a oír; aunque todavía reconozco el viejo zumbido en los periódicos, sin variación sustancial alguna (salvo, tal vez, que hay más cantidad), durante toda la santa sesión.
Escribo ahora sobre la época en que llevaba casado, supongo, cosa de año y medio.
Después de varias clases de experimentos, habíamos renunciado a llevar la casa por imposible. La casa se gobernaba sola, y nosotros manteníamos a un botones.
La función principal de este criado era pelearse con la cocina; aspecto en el cual era un auténtico Whittington, sin su gato, ni la más remota posibilidad de llegar a ser alcalde de Londres.
Me parece que vivió en un granizo de tapaderas de cacerolas. Toda su existencia fue un forcejeo. Solía chillar pidiendo ayuda en las ocasiones más inadecuadas —como cuando dábamos una pequeña cena, o recibíamos a unos cuantos amigos por la noche— y salía rodando de la cocina, con proyectiles de hierro volando tras él. Queríamos deshacernos de él, pero nos tenía mucho cariño y no se iba. Era un muchacho llorón, y rompía en lamentaciones tan deplorables cuando se insinuaba la ruptura de nuestra relación, que nos veíamos obligados a conservarlo. No tenía madre, ni nada que se le pareciera a un pariente, que yo pudiera descubrir, excepto una hermana, que huyó a América en cuanto se lo quitamos de encima; y se nos instaló a cuerpo de rey como un horrible y joven changeling. Tenía una vívida percepción de su propia desgracia, y siempre se estaba frotando los ojos con la manga de la chaqueta, o agachándose