Habiendo dictado este mandato con tanta autoridad en potencia como si hubiera sido una autoridad reconocida en la casa desde que la casa era casa, y habiendo mirado hacia afuera para enfrentarse a la atónita Peggotty, que venía por el pasillo con una vela al oír una voz extraña, la señorita Betsey volvió a cerrar la puerta y se sentó como antes: con los pies en el guardafuegos, el faldón del vestido levantado y las manos cruzadas sobre una rodilla.
—Estaba hablando de que sería una niña —dijo la señorita Betsey.
—No tengo la menor duda de que será una niña. Tengo el presentimiento de que ha de ser una niña. Ahora bien, muchacha, desde el momento del nacimiento de esta niña...
—Quizá muchacho —se tomó la libertad de intervenir mi madre.
—Te digo que tengo el presentimiento de que ha de ser una niña —replicó la señorita Betsey. > —No me contradigas. Desde