con él.
Miss Murdstone, durante la última parte de la disputa, había desmontado, y ahora esperaba con su hermano al pie de la escalera, hasta que mi tía estuviera desocupada para recibirlos.
Mi tía, un poco alterada por el combate, pasó junto a ellos hacia el interior de la casa, con gran dignidad, y no prestó atención a su presencia hasta que Janet anunció su llegada.
—¿Me voy, tía? —pregunté, temblando.
—No, señor —dijo mi tía—. ¡Desde luego que no!
Dicho lo cual, me empujó a un rincón junto a ella y me acorraló con una silla, como si fuera una prisión o el estrado de la justicia. Esta postura seguí ocupando durante toda la entrevista, y desde ella vi entrar en la habitación al señor y a la señorita Murdstone.
—¡Oh! —dijo mi tía—, al principio no me di cuenta de a quién tenía el placer de poner objeciones. Pero no consiento que nadie pase a caballo por ese césped. No hago excepciones. No consiento que nadie lo haga.