de que debo mirar al clérigo. Pero no siempre puedo mirarlo—lo conozco sin esa cosa blanca puesta, y temo que se pregunte por qué lo miro tanto, y tal vez detenga el servicio para averiguarlo—, ¿y qué voy a hacer?
Es algo terrible bostezar, pero tengo que hacer algo.
Miro a mi madre, pero ella disimula para no verme.
Miro a un chico en el pasillo y me hace muecas.
Miro la luz del sol que entra por la puerta abierta del porche, y allí veo una oveja descarriada —no me refiero a una pecadora, sino a cordero con patas— que medio se decide a entrar en la iglesia.
Siento que, si la mirara un poco más, podría verme en la tentación de decir algo en voz alta; ¡y qué sería de mí entonces!
Alzo la vista hacia las monumentales placas de la pared, e intento pensar en el difunto señor Bodgers