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nydus/David CopperfieldPublic
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XXIV. Mi primera disipación

que hiciera falta. Propuse un brindis por la salud de Steerforth. Dije que era mi amigo más querido, el protector de mi infancia y el compañero de mi juventud. Dije que estaba encantado de proponer un brindis por su salud. Dije que le debía más obligaciones de las que jamás podría pagar, y que lo tenía en una admiración más alta de la que jamás podría expresar. Terminé diciendo: «¡Os propongo a Steerforth! ¡Que Dios lo bendiga! ¡Hurra!». Lo aclamamos con un «hip, hip, hurra» tres veces tres, y otra más, y una buena para terminar. Rompí mi copa al dar la vuelta a la mesa para estrecharle la mano, y dije (en dos palabras): «Steerforth⁠—erelaestrellaguíademiistencia».

Continué, al descubrir de pronto que alguien iba por la mitad de una canción. Markham era el cantante, y entonó «Cuando el corazón del hombre se abate por las penas». Dijo que, cuando terminara de cantarla, nos dedicaría «¡La mujer!». Yo puse objeciones a aquello y no pude consentirlo. Dije que no era una forma respetuosa de proponer el brindis, y que jamás permitiría que ese brindis se bebiera en mi casa de otra manera que no fuera como «¡Las damas!». Me puse muy altanero con él, principalmente creo que porque vi a Steerforth y a Grainger reírse de mí —o de él— o de ambos. Él dijo que a un hombre no se le dictaban normas. Yo dije que a un hombre sí se le dictaban. Él dijo que entonces a un hombre no se le insultaba. Yo dije que ahí tenía razón—jamás bajo mi techo, donde los Lares eran sagrados y las leyes de la hospitalidad primordiales. Él dijo que no era menoscabar la dignidad de un hombre confesar que yo era un tipo cojonudamente bueno. Yo propuse su salud al instante.

Alguien estaba fumando. Todos estábamos fumando. Yo estaba fumando, y tratando de reprimir una creciente tendencia a

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