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nydus/David CopperfieldPublic
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XIV. Mi tía toma una determinación sobre mí

Creo que comencé a comprender que había algo en mi tía, a pesar de sus muchas excentricidades y extraños humores, digno de honor y confianza. Aunque ese día estuvo tan mordaz como el anterior, y apareció y desapareció por lo de los burros con la misma frecuencia, y montó en cólera ante un joven que, al pasar, le echó una miradita a Janet desde una ventana (lo cual constituía uno de los más graves delitos que podían cometerse contra la dignidad de mi tía), me pareció que merecía una mayor porción de mi respeto, aunque no menos de mi temor.

La ansiedad que padecí en el intervalo que necesariamente transcurrió antes de recibir respuesta a su carta dirigida al señor Murdstone fue extrema; pero hice un esfuerzo por reprimirla y por ser tan agradable como buenamente pude, de manera silenciosa, tanto con mi tía como con el señor Dick.

Este último y yo habríamos salido a volar la gran cometa, de no ser porque yo seguía sin más ropa que las prendas, de todo menos ornamentales, con las que me habían abviado el primer día, y que me confinaban en la casa, salvo durante una hora después del anochecer, en la que mi tía, por el bien de mi salud, me paseaba de un lado a otro por el acantilado exterior, antes de irnos a la cama.

Al fin llegó la respuesta del señor Murdstone, y mi tía me comunicó, para mi infinito terror, que él mismo vendría a hablar con ella al día siguiente.

Al día siguiente, aún embutido en mis curiosos atavíos, me senté a contar el tiempo, ruborizado y febril por el conflicto entre las esperanzas que decayan y los temores que crecían en mi interior; a la espera de que me sobresaltara la visión de aquel rostro sombrío, cuya falta de puntualidad me sobresaltaba a cada minuto.

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