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nydus/David CopperfieldPublic
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XXII. Algunas escenas viejas y algunas personas nuevas

“Parece ser su región natal, señor. Me informa de que realiza una de sus visitas profesionales aquí todos los años, señor. La encontré en la calle esta tarde y deseaba saber si podría tener el honor de atenderle después de cenar, señor”.

—¿Conoces a la Giganta en cuestión, Daisy? —inquirió Steerforth.

Me vi obligado a confesar⁠—me sentía avergonzado, incluso por estar en esa desventaja ante Littimer⁠—que la señorita Mowcher y yo éramos totalmente desconocidos.

—Entonces ya la conocerás —dijo Steerforth—, pues es una de las siete maravillas del mundo. Cuando llegue la señorita Mowcher, hazla pasar.

Sentí cierta curiosidad y entusiasmo por esta señora, sobre todo porque Steerforth prorrumpió en una carcajada cuando me referí a ella y se negó rotundamente a responder cualquier pregunta de la que ella fuera el tema.

Permanecí, por lo tanto, en un estado de considerable expectación hasta que la mesa estuvo despejada desde hacía media hora y estábamos sentados ante nuestra botella de vino junto al fuego, cuando la puerta se abrió y Littimer, con su habitual serenidad intacta, anunció:

“¡La señorita Mowcher!”

Miré hacia la puerta y no vi nada. Seguía mirando hacia la puerta, pensando que la señorita Mowcher estaba tardando mucho en aparecer, cuando, para mi infinito asombro, vi menearse y venir contoneándose alrededor de un sofá que se interponía entre ella y yo a una enana rechoncha, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, con una cabeza y un rostro muy grandes, un par de ojos grises y pícaros, y unos brazos tan sumamente pequeños que, para poder apoyar un dedo con picardía

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