—Así que Em’ly escribe a lápiz en un trozo de papel —continuó—, y se lo da por la ventana para que lo traiga aquí. “Muéstraselo —dice— a mi tía, la señora Barkis, y ella te sentará junto a su fuego, por amor a mí, hasta que mi tío se haya ido y yo pueda ir”. Poco a poco me cuenta lo que yo le cuento, amo Davy, y me pide que la lleve. ¿Qué puedo hacer? No debería juntarse con semejantes personas, pero no puedo negarme cuando tiene lágrimas en la cara.
Metió la mano en el pecho de su casaca peluda, y sacó con mucho cuidado un bonito monedero pequeño.
—Y si pude negarme cuando tenía las lágrimas en el rostro, amo Davy —dijo Ham, acomodándolo tiernamente sobre la áspera palma de su mano—, ¿cómo iba a negarme cuando me dio esto para que se lo llevara, sabiendo para qué me lo traía? ¡Un juguetito como este! —dijo Ham, mirándolo pensativo—. ¡Con tan poco dinero dentro, Em'ly, querida mía!
Le apreté calurosamente la mano cuando volvió a guardárselo —pues eso me satisfacía más que decir cualquier cosa— y nos paseamos arriba y abajo durante uno o dos minutos en silencio. Se abrió entonces la puerta y apareció Peggotty, haciendo señas a Ham para que entrara. Yo me habría mantenido al margen, pero ella vino tras de mí, rogándome que entrara también. Aun así, habría evitado la habitación donde estaban todos de no ser porque era la cocina de suelo de baldosas limpias que he mencionado más de una vez. Al abrirse la puerta directamente a ella, me encontré entre ellos antes de reparar en adónde iba.
La joven—la misma que había visto sobre la arena—estaba junto al fuego. Estaba sentada en el suelo, con la cabeza y un brazo apoyados en una silla. Me figuré, por la disposición de su cuerpo, que Em’ly acababa de levantarse de la silla y que aquella cabeza desamparada tal vez hubiera estado apoyada en su regazo. Vi muy poco de la cara de la muchacha,