mi sistema nervioso, si es que lo había tenido por entonces, debió de irse a pique. Al poco rato fuimos a la iglesia. La señorita Murdstone estaba entre Dora y yo en el banco; pero la oí cantar, y la congregación se desvaneció. Se pronunció un sermón—sobre Dora, por supuesto—y mucho me temo que eso es todo cuanto sé del servicio.
Tuvimos un día tranquilo. Sin visitas, un paseo, una cena familiar de cuatro y una noche de revisar libros y estampas; la señorita Murdstone con una homilía ante ella y su ojo puesto en nosotros, montando guardia con vigilancia.
¡Ah! ¡Poco se imaginaba el señor Spenlow, cuando se sentó enfrente de mí después de cenar aquel día, con el pañuelo de bolsillo sobre la cabeza, con cuánto fervor lo estaba abrazando en mi imaginación, como a su yerno! ¡Poco creía él, cuando me despedí de él por la noche, que acababa de dar su pleno consentimiento para que yo estuviera comprometido con Dora, y que yo estaba invocando bendiciones sobre su cabeza!