sabes tan bien como yo que, por su culpa, el trimestre pasado no quise comprarme una sombrilla nueva, a pesar de que la vieja verde está gastada de arriba abajo y los flecos están totalmente raídos? Bien que lo sabes, Peggotty. No puedes negarlo. Luego, volviéndose hacia mí con cariño, con la mejilla pegada a la mía: —¿Soy una mamá mala para ti, Davy? ¿Soy una mamá detestable, cruel, egoísta y mala? Di que lo soy, hijo mío; di «sí», querido niño, y Peggotty te querrá; y el cariño de Peggotty vale mucho más que el mío, Davy. Yo no te quiero en absoluto, ¿verdad?
A esto, todos nos pusimos a llorar juntos. Creo que fui el que más alto lloraba del grupo, pero estoy seguro de que todos éramos sinceros.
Yo tenía el corazón destrozado, y temo que en los primeros arrebatos de mi ternura herida llamé a Peggotty «Bestia».
Aquella criatura leal estaba muy afligida, según recuerdo, y debió de quedarse sin botones en aquella ocasión; pues estalló una pequeña salva de esos proyectiles cuando, tras haberse reconciliado con mi madre, se arrodilló junto al sillón de orejas y se reconcilió conmigo.
Nos fuimos a la cama muy abatidos. Mis propios sollozos seguían despertándome durante mucho rato; y cuando un sollozo muy fuerte me incorporó casi de golpe en la cama, encontré a mi madre sentada sobre la colcha, inclinada sobre mí. Me dormí en sus brazos, después de eso, y dormí profundamente.
Si fue al domingo siguiente cuando volví a ver al caballero, o si pasó más tiempo antes de que reapareciera, no sabría decirlo. No pretendo tener claras las fechas. Pero allí estaba, en la iglesia, y después nos acompañó a casa a pie. También entró a ver un famoso geranio que teníamos en la ventana del