—Bueno —dijo mi tía—. ¿Te gustaría ir mañana?
Como ya no me extrañaba la proverbial rapidez de los movimientos de mi tía, no me sorprendió lo repentino de la propuesta y dije: «Sí».
—Bien —volvió a decir mi tía—. Janet, alquila el poni gris y el carruaje mañana a las diez en la mañana, y hazle la maleta al amo Trotwood esta noche.
Me sentía muy jubiloso por estas órdenes; pero mi conciencia me reprochó mi egoísmo cuando fui testigo del efecto que causaron en el señor Dick, quien estaba tan desanimado ante la perspectiva de nuestra separación, y jugó tan mal en consecuencia, que mi tía, tras propinarle varias palmadas amonestadoras en los nudillos con su cubilete, cerró el tablero y se negó a jugar más con él.
Pero, al oír de labios de mi tía que yo vendría a veces un sábado, y que él podría venir a verme a veces un miércoles, se reanimó; y juró fabricar otra cometa para esas ocasiones, de proporciones muy superiores a la actual.
Por la mañana volvió a estar abatido, y se habría sostenido a sí mismo dándome todo el dinero que tenía en su poder, oro y plata también, de no haber intervenido mi tía y limitado el obsequio a cinco chelines, los cuales, ante su sincera súplica, fueron aumentados después a diez.
Nos despedimos en la verja del jardín de una manera muy afectiva, y el señor Dick no entró en la casa hasta que mi tía me hubo alejado de su vista.
Mi tía, a la que le importaba un bledo la opinión pública, condujo al poni gris por Dover con mano maestra; sentada erguida y rígida como un cochero de carroza oficial, sin quitarle los ojos de encima por dondequiera que fuera, y empeñada en no dejarle salir con la suya en ningún aspecto.