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nydus/David CopperfieldPublic
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XLIV. Nuestra economía doméstica

Así que seguimos adelante. Dora era casi tan cariñosa con mi tía como conmigo, y a menudo le recordaba el tiempo en que temía que fuera «una viejecita cascarrabias». Nunca vi a mi tía mostrarse tan sistemáticamente condescendiente con nadie. Agasajaba a Jip, aunque Jip jamás correspondía; escuchaba, día tras día, la guitarra, a pesar de que me temo que no tenía oído musical; jamás atacó a los Incapaces, aunque la tentación debió de ser fuerte; recorría distancias increíbles a pie para comprar, a modo de sorpresas, cualquier pequeñez que descubriera que Dora deseaba; y jamás entraba por el jardín, echándola de menos en la habitación, sin que exclamara, al pie de la escalera, con una voz que resonaba alegremente por toda la casa:

«¿Dónde está Florecita?»

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