de una manera febril y trastornada; y, cuando ella guardó silencio, la levantó con suavidad.
—Martha —dijo el señor Peggotty—, Dios me libre de juzgarte. ¡Libra a alguien como yo, de entre todos los hombres, de hacer tal cosa, muchacha! No sabes ni la mitad del cambio que se ha operado en mí, con el paso del tiempo, cuando piensas que eso es probable. ¡Bien! —hizo una pausa un momento y luego continuó—. No comprendes cómo es que este caballero y yo hemos deseado hablar contigo. No comprendes qué es lo que tenemos por delante. ¡Escucha ahora!
Su influencia sobre ella era absoluta. Estaba de pie ante él, encogida, como si temiera mirar sus ojos; pero su dolor apasionado había quedado por completo en silencio y mudo.
—Si has oído —dijo el señor Peggotty— algo de lo que pasó entre el mas'r Davy y yo, la noche en que nevaba tanto, ya sabes que he estado —dónde no— buscando a mi querida sobrina. Mi querida sobrina —repitió con firmeza—. Porque ahora es más querida para mí, Martha, de lo que lo era antes.