El guantelete del señor Micawber
Hasta el día en que hube de agasajar a mis recién hallados viejos amigos, viví principalmente a base de Dora y café.
En mi estado de amor desdichado, mi apetito languidecía; y me alegraba de ello, pues sentía que habría sido un acto de perfidia hacia Dora tener un apetito natural para la cena. La cantidad de ejercicio que hacía caminando no trajo consigo, a este respecto, su consecuencia habitual, ya que la decepción contrarrestaba el aire fresco.
Tengo mis dudas también, fundadas en la aguda experiencia adquirida en este período de mi vida, sobre si el sano disfrute de la carne puede desarrollarse libremente en cualquier ser humano que esté siempre atormentado por unas botas apretadas. Creo que las extremidades necesitan estar en paz antes de que el estómago se comporte con vigor.
Con motivo de esta pequeña reunión casera, no repetí mis anteriores y aparatosos preparativos. Me limité a encargar un par de lenguados, una pequeña pierna de cordero y un pastel de pichón. La señora Crupp se alzó en rebelión ante mi primera y tímida insinuación respecto a la cocción del pescado y la carne, y declaró, con un digno sentimiento de agravio: > «¡No! ¡No, señor! ¡No me pedirá tal cosa, pues me conoce usted demasiado para suponer que soy capaz