También una niña bellísima (o a mí me lo pareció) con un collar de cuentas azules, que no quiso dejar que la besara cuando se lo ofrecí, sino que salió huyendo y se escondió. Al poco rato, después de haber comido espléndidamente a base de limandas cocidas, mantequilla derretida y patatas, con una chuleta para mí, llegó a casa un hombre velludo y de rostro muy bondadoso. Como llamó a Peggotty «muchacha» y le dio un fuerte beso en la mejilla, no me cupo duda, dada la general propiedad de su conducta, de que era su hermano; y así resultó ser, siendo presentado poco después ante mí como el señor Peggotty, el dueño de la casa.
—Me alegra verle, señor —dijo el señor Peggotty—. Ya verá que somos toscos, señor, pero verá que estamos preparados.
Le di las gracias y le respondí que estaba seguro de que sería feliz en un lugar tan encantador.
—¿Cómo está su mamá, señor? —dijo el señor Peggotty—. ¿La dejó bastante alegre?
Le di a entender al señor Peggotty que estaba tan alegre como yo podía desear, y que le mandaba saludos —lo cual era una fingida cortesía de mi parte—.
—Mucho se lo agradezco, la verdad —dijo el señor Peggotty—. Bueno, señor, si puede arreglárselas aquí por una quincena, junto con ella —asintiendo con la cabeza hacia su hermana—, y Ham, y la pequeña Em'ly, estaremos orgullosos de su compañía.
Habiendo cumplido con los honores de su casa de esta manera hospitalaria, el señor Peggotty salió a lavarse con el agua caliente de una tetera, comentando que «el agua fría jamás le sacaría la mugre». Pronto regresó, con un aspecto muy mejorado; pero tan rubicundo, que no pude evitar pensar que su cara tenía esto en común con los bogavantes, los cangrejos y las langostas: que entraba en el agua caliente muy negra y salía muy roja.