—Mi deber aquí, señor —dijo el señor Peggotty—, está cumplido. Voy a buscar a m… —se detuvo, y continuó con voz más firme—: Voy a buscarla. Ese es mi deber por siempre jamás.
Él negó con la cabeza cuando le pregunté dónde iría a buscarla, y me preguntó si iba a Londres mañana.
Le dije que no había ido hoy, temiendo perder la oportunidad de serle de alguna utilidad; pero que estaba dispuesto a ir cuando él quisiera.
—Le acompañaré a usted, señor —replicó—, si le parece bien, mañana.
Volvimos a caminar, durante un rato, en silencio.
—Ham —prosiguió al poco rato—, seguirá con su trabajo actual y se irá a vivir con mi hermana. El viejo bote de allí...
—¿Abandonarás el viejo bote, señor Peggotty? —intervine con suavidad.
—Mi puesto, señorito Davy —respondió—, ya no existe; y si es verdad que alguna barca se ha ido a pique desde que hubo tinieblas sobre la faz de los abismos, esa se ha hundido. Pero no, señor, no; no quiero decir que deba quedar abandonado. Lejos de eso.
Caminamos de nuevo durante un rato, como antes, hasta que él explicó:
—Mi deseo es, señor, que luzca, de día y de noche, en invierno y en verano, tal como siempre ha lucido desde que ella lo conoció por primera vez. Si alguna vez volviera por aquí vagando, no querría que el viejo lugar pareciera rechazarla, comprende, sino que pareciera tentarla a acercarse más y a mirar dentro, tal vez, como un fantasma, desde el viento y la lluvia, a través de la vieja ventana, hacia el viejo asiento junto al fuego.