Cuando él se hubo ido, mi madre me preguntó todo acerca del día que había tenido, y de lo que habían dicho y hecho. Mencioné lo que habían dicho sobre ella, y ella se rio, y me dijo que eran unos tipos descarados que decían tonterías; pero yo sabía que le había gustado. Lo sabía tan bien como lo sé ahora. Aproveché la oportunidad para preguntarle si conocía de algo al señor Brooks de Sheffield, pero ella respondió que no, solo que suponía que debía ser un fabricante en el ramo de los cuchillos y tenedores.
¿Puedo decir de su rostro —alterado como tengo motivos para recordarlo, marchito como sé que está— que ha desaparecido, cuando aquí se presenta ante mí en este preciso instante, tan nítido como cualquier rostro que elija mirar en una calle populosa?
¿Puedo decir de su belleza inocente y juvenil que se desvaneció y dejó de existir, cuando su aliento roza mi mejilla ahora, tal como cayó aquella noche?
¿Puedo decir que ella cambió jamás, cuando mi recuerdo la devuelve a la vida, solo así; y, más fiel a su juventud amorosa de lo que yo he sido, o de lo que el hombre es jamás, aún retiene firmemente lo que entonces atesoró?
Escribo sobre ella tal como era cuando me había acostado después de esta conversación, y ella vino a darme las buenas noches. Se arrodilló juguetonamente al lado de la cama, y apoyando la barbilla sobre sus manos, y riendo, dijo:
—¿Qué fue lo que dijeron, Davy? Cuéntamelo otra vez. No me lo puedo creer.
—«Cautivador...» comencé.
Mi madre puso sus manos sobre mis labios para detenerme.