debía ser arrojado tras nosotros para atraer la buena suerte, y que le ofreció a la señora Gummidge con ese fin.
“No. Más vale que lo haga otro, Dan’l —dijo la señora Gummidge—. Yo soy una pobre criatura desamparada, y todo lo que me recuerda a criaturas que no son desamparadas ni pobres, me pone de los nervios”.
—¡Ven, vieja! —exclamó el señor Peggotty—. Tómalo y lánzalo.
—No, Dan’l —replicó la señora Gummidge, sollozando y meneando la cabeza—. Si sintiera menos, podría hacer más. Tú no sientes como yo, Dan’l; a ti las cosas no te salen al revés, ni tú a ellas; es mejor que lo hagas tú mismo.
Pero en eso Peggotty, que había estado yendo de uno a otro deprisa, besando a todo el mundo, gritó desde el carro, en el que ya estábamos todos (Em’ly y yo en dos sillitas, lado a lado), que la señora Gummidge tenía que hacerlo.