Mrs. Steerforth, caída rígidamente hacia atrás en su silla y sin emitir más sonido que un gemido, clavó en ella los ojos con una mirada desorbitada.
«¡Ay! —exclamó Rosa, golpeándose con pasión el pecho—, ¡mírate! ¡Lloriquea, gime y mírate! ¡Mira aquí! —señalando la cicatriz—, ¡la obra de tu hijo muerto!»
El gemido que la madre profería, de vez en cuando, me llegaba al corazón.
- Siempre el mismo.
- Siempre inarticulado y sofocado.
- Siempre acompañado de un movimiento incapaz de la cabeza, pero sin cambio alguno en el rostro.
- Siempre procedente de una boca rígida y dientes apretados, como si tuviera la mandíbula trabada y la cara congelada por el dolor.
—¿Te acuerdas de cuando hizo esto? —prosiguió—. ¿Te acuerdas de cuando, heredero de tu índole, y con tu consentimiento a su orgullo y a su carácter colérico, hizo esto y me dejó desfigurada para toda la vida? Mírame,