¡Hola, muchacho!
Esto iba dirigido al camarero, que había estado muy atento a nuestro reconocimiento, a la distancia, y ahora se acercaba con deferencia.
—¿Dónde has metido a mi amigo, Mr. Copperfield? —dijo Steerforth.
—¿Perdón, señor?
—¿Dónde duerme? ¿Cuál es su número? Ya me entiendes —dijo Steerforth.
—Bien, señor —dijo el camarero con aire apologético—. El señor Copperfield se encuentra actualmente en el cuarenta y cuatro, señor.
—¿Y qué demonios quieres decir —replicó Steerforth— con meter al señor Copperfield en un pequeño desván sobre una caballeriza?
—Vera usted, señor, es que no sabíamos —contestó el camarero, aún en tono de disculpa— que al señor Copperfield le importara tanto. Podemos darle al señor Copperfield el setenta y dos, señor, si lo prefiere. Al lado del suyo, señor.