cierto mérito por ser tan confianzudo y sentía que yo era todo un mecenas para mis dos respetuosos anfitriones.
Se tenían mucho cariño el uno al otro: eso era seguro. Supongo que eso surtió efecto en mí, como un toque de naturaleza; pero la habilidad con que el uno secundaba todo lo que decía el otro, era un toque de arte contra el cual estaba aún menos preparado.
Cuando ya no se pudo sacar nada más de mí acerca de mí mismo (pues sobre la vida en Murdstone y Grinby, y sobre mi viaje, guardaba silencio), empezaron a hablar del señor Wickfield y de Agnes. Uriah le tiraba la pelota a la señora Heep, la señora Heep la atrapaba y se la devolvía a Uriah, Uriah la mantenía en el aire un rato, luego se la mandaba de vuelta a la señora Heep, y así seguían pasándosela de un lado a otro hasta que perdí por completo la noción de quién la tenía y me quedé aturdido.
La pelota misma también cambiaba todo el tiempo. Ora era el señor Wickfield, ora Agnes, ora las virtudes del señor Wickfield, ora mi admiración por Agnes; ora el volumen de los negocios y recursos del señor Wickfield, ora nuestra vida doméstica después de cenar; ora el vino que tomaba el señor Wickfield, la razón por la que lo tomaba y la lástima que daba que tomara tanto; ora una cosa, ora otra, y luego todo a la vez; y entretanto, sin parecer hablar muy a menudo ni hacer otra cosa que animarlos de vez en cuando, por miedo a que se dejaran abrumar por su humildad y por el honor de mi compañía, me vi a mí mismo revelando continuamente esto o aquello que no tenía ningún derecho a revelar y viendo el efecto que causaba en el parpadeo de las abolladas fosas nasales de Uriah.
Empezaba a sentirme un poco incómodo y a desear haber salido ya de aquella visita, cuando una figura que bajaba por la calle pasó ante la puerta —que estaba abierta para ventilar la habitación, la cual estaba