Una tarde, cuando el momento se acercaba, me encontraba a solas con Peggotty y su hermano. Nuestra conversación derivó hacia Ham. Ella nos describió cuán tierno había sido su adiós y cuán varonil y serena había sido su actitud.
Sobre todo, últimamente, cuando ella creía que él estaba más a prueba. Era un tema del que la afectuosa criatura no se cansaba jamás, y nuestro interés en escuchar los muchos ejemplos que ella, que pasaba tanto tiempo con él, tenía para relatar, era igual al que ella sentía al relatarlos.
Mi tía y yo estábamos en ese momento desocupando las dos casitas de campo en Highgate; yo con la intención de ir al extranjero, y ella de regresar a su casa en Dover.
Teníamos un alojamiento temporal en Covent Garden. Mientras caminaba hacia allí, después de la conversación de esa noche, reflexionando sobre lo ocurrido entre Ham y yo la última vez que estuve en Yarmouth, vacilé en mi propósito original de dejarle una carta a Emily cuando me despidiera de su tío a bordo del barco, y pensé que sería mejor escribirle ahora.
Ella podría desear, pensé, tras recibir mi mensaje, enviar alguna palabra de despedida por mi intermedio a su infeliz amante. Debía darle la oportunidad.
Me senté, por tanto, en mi habitación, antes de acostarme, y le escribí. Le conté que lo había visto, y que él me había pedido que le dijera lo que ya he escrito en su lugar en estas páginas. Se lo repetí fielmente. No tuve necesidad de explayarme al respecto, de haber tenido el derecho. Su profunda fidelidad y bondad no podían ser adornadas por mí ni por ningún hombre. Lo dejé apartado, para que fuera entregado por la mañana, con unas líneas para el señor Peggotty pidiéndole que se lo diera a ella; y me fui a la