Todo lo que puedo decir es que mi amigo Heep ha respondido a llamamientos a los que no necesito referirme con mayor detalle, de una manera calculada para redundar igualmente en honor de su cabeza y de su corazón”.
—Tampoco le habría supuesto a él muy generoso con su dinero —observé.
—¡Perdóneme! —dijo el señor Micawber, con un aire de reserva—: hablo de mi amigo Heep según mi experiencia.
—Me alegro de que su experiencia sea tan favorable —repliqué.
—Es usted muy amable, querido Copperfield —dijo el señor Micawber—, y tarareó una melodía.
—¿Ve usted mucho al señor Wickfield? —pregunté para cambiar de tema.
—Poca cosa —dijo el señor Micawber con indiferencia—. El señor Wickfield es, me atrevo a decir, un hombre de muy loables intenciones; pero es... en una palabra, está anacrónico.
—Me temo que su socio pretende hacerlo —dije yo.
—¡Mi querido Copperfield! —respondió el señor Micawber, tras algunas evoluciones inquietas en su taburete—, ¡permítame hacerle una observación! Me encuentro aquí en calidad de confesor. Me encuentro aquí en una posición de confianza. La discusión de ciertos temas, incluso con la misma señora Micawber (durante tanto tiempo compañera de mis diversas vicisitudes y una mujer de notable lucidez intelectual), es, según considero, incompatible con las funciones que ahora recaen sobre mí. Por lo tanto, me tomaría la libertad de sugerir que en nuestro trato amistoso —¡el cual confío que nunca se verá alterado!— tracemos una línea. A un lado de esta línea —dijo el señor Micawber, señalándola en el