Para entonces, ya daba a Traddles por perdido sin remedio; y di por sentado en mi fuero interno que no había esperanza para él.
Muy deseoso de ver al querido viejo, sin embargo, devoré la cena de una manera poco propicia para elevarme en la opinión del camarero principal, y salí apresuradamente por la puerta trasera.
El número dos de la Corte no tardó en alcanzarse; y como una inscripción en el dintel me informaba de que el señor Traddles ocupaba un conjunto de habitaciones en la planta más alta, subí por la escalera.
Una escalera vieja y destartalada resultó ser, tenuemente iluminada en cada rellano por una mecha de aceite cabezona, que se iba extinguiendo en un pequeño calabozo de vidrio sucio.
En el transcurso de mi tropiezo escaleras arriba, me pareció oír el agradable sonido de unas risas; y no la risa de un procurador o un abogado, ni la de un pasante de procurador o de abogado, sino la de dos o tres muchachas alegres.
Ocurrió, sin embargo, al detenerme a escuchar, que metí el pie en un hueco donde la Honorable Sociedad de Gray’s Inn había dejado una tabla faltando, caí al suelo haciendo algo de ruido y, cuando recuperé la verticalidad, todo estaba en silencio.
Avanzando con más tiento durante el resto del trayecto, el corazón me dio un vuelco al ver abierta la puerta exterior, en la que estaba pintado el nombre del señor Traddles. Llamé. Se oyó un considerable revuelo en el interior, pero nada más. Volví a llamar, por consiguiente.
Se presentó un muchacho bajito de aspecto avispado, mitad botones y mitad oficinista, que estaba muy sofocado, pero que me miraba como si me desafiara a demostrarlo legalmente.
—¿Está el señor Traddles en casa? —dije.