Mis vacaciones. Especialmente una tarde feliz
Cuando llegamos antes del amanecer a la posada donde se detenía el correo, que no era la posada donde vivía mi amigo el camarero, me condujeron a un lindo dormitorio pequeño, con un Delfín pintado en la puerta.
Muy frío estaba, bien lo sé, a pesar del té caliente que me habían dado ante un gran fuego en la planta baja; y muy contento estuve de meterme en la cama del Delfín, tirar de las mantas del Delfín hasta cubrirme la cabeza y ponerme a dormir.
El señor Barkis, el transportista, debía pasar a buscarme por la mañana a las nueve en punto. Me levanté a las ocho, un poco mareado por lo corto de mi descanso nocturno, y estaba listo para él antes de la hora fijada. Me recibió exactamente como si no hubieran pasado ni cinco minutos desde la última vez que estuvimos juntos, y yo solo hubiera entrado en el hotel a cambiar una moneda de seis peniques, o algo por el estilo.
Tan pronto como mi baúl y yo estuvimos en el carro, y el transportista sentado, el perezoso caballo se puso en marcha con todos nosotros al paso de costumbre.
—Tiene usted muy buen aspecto, señor Barkis —le dije, pensando que le gustaría saberlo.