sinceras en sus cartas a Dora, sobre el orgullo y el interés con que mis viejos amigos se enteraban de mi creciente reputación y leían mi libro como si me oyesen pronunciar su contenido, Dora me las leía con lágrimas de alegría en sus brillantes ojos y decía que yo era un muchacho querido, viejo, listo y famoso.
«El primer impulso equivocado de un corazón indisciplinado». Esas palabras de la señora Strong acudían constantemente a mi mente por entonces; estaban casi siempre presentes en mi pensamiento.
A menudo me despertaba con ellas por la noche; recuerdo incluso haberlas leído, en sueños, escritas en las paredes de las casas.
Pues sabía, ahora, que mi propio corazón era indisciplinado cuando amó por primera vez a Dora; y que, de haber estado disciplinado, jamás habría sentido, al casarnos, lo que había sentido en su íntima experiencia.
“No puede haber disparidad en el matrimonio tan grande como la inadecuación de mente y propósito”. Esas palabras también las recordaba. Yo me había esforzado por adaptar a Dora a mí mismo, y lo había hallado impracticable. Me quedaba adaptarme yo a Dora; compartir con ella lo que pudiera, y ser feliz; llevar sobre mis propios hombros lo que tuviera que llevar, y aun así ser feliz. Esta fue la disciplina a la que traté de someter mi corazón, cuando comencé a reflexionar. Hizo que mi segundo año fuera mucho más feliz que el primero; y, lo que aún era mejor, hizo que la vida de Dora fuera pura luz de sol.
Pero, a medida que aquel año avanzaba, Dora no recuperó las fuerzas. Yo había esperado que unas manos más ligeras que las mías ayudaran a moldear su carácter, y que la sonrisa de un bebé sobre su pecho convirtiera a mi niña-esposa en mujer. No pudo ser. El espíritu aleteó un instante en el umbral de su pequeña prisión y, ajeno a su cautiverio, echó a volar.