Codal
nydus/David CopperfieldPublic
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LII. Asisto a una explosión

“¡Ury⁠—!” empezó la señora Heep con un gesto de ansiedad.

—Guarda silencio, madre —replicó—; a pocas palabras, buen entendedor.

“Pero, mi Ury—”

—¿Quieres callarte, madre, y dejarme a mí?

Aunque hacía tiempo que sabía que su servilismo era falso y que todas sus pretensiones eran mezquinas y huecas, no me había hecho una idea adecuada de la magnitud de su hipocresía hasta que lo vi sin máscara.

La rapidez con que se la quitó, al percatarse de que ya no le servía de nada; la malicia, la insolencia y el odio que reveló; la mueca con la que se regodeaba, incluso en ese momento, en el mal que había hecho⁠—encontrándose además al límite, desesperado y sin saber cómo salirse con la suya⁠—, aunque encajaba a la perfección con lo que ya sabía de él, de entrada me cogió por sorpresa incluso a mí, que lo conocía desde hacía tanto tiempo y lo detestaba con tantas ganas.

No hablo de la mirada con que me distinguió, mientras se quedaba mirándonos, uno tras otro; pues siempre había sabido que me aborrecía, y recordaba las marcas de mi mano en su mejilla.

Pero cuando sus ojos pasaron a Agnes, y vi la rabia con la que sentía que su poder sobre ella se le escapaba de las manos, y la manifestación, en su desengaño, de las odiosas pasiones que lo habían llevado a aspirar a alguien cuyas virtudes jamás pudo apreciar ni estimar, me horrorizó el solo pensamiento de que ella hubiera vivido, ni una hora, a la vista de un hombre así.

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