Quizá abrigue el temor de estar «divagando» al detener a decir esto, pero ello me lleva a señalar que baso estas conclusiones, en parte, en mi propia experiencia de mí mismo; y si por algo de lo que pueda consignar en esta narración pareciera que fui un niño de aguda observación, o que como hombre conservo una sólida memoria de mi infancia, indudablemente reivindico ambas características.
Mirando hacia atrás, como decía, en el vacío de mi infancia, los primeros objetos que puedo recordar como destacados por sí mismos de una confusión de cosas, son mi madre y Peggotty.
¿Qué más recuerdo? Déjame ver.
Sale de la nube nuestra casa, no nueva para mí, sino muy familiar, tal como la guardo en mis primeros recuerdos. En la planta baja está la cocina de Peggotty, que da a un patio trasero; con un palomar sobre un poste, en el centro, sin palomas dentro; una gran perrera en un rincón, sin perro; y una cantidad de aves de corral que me parecen terriblemente altas, paseándose de un modo amenazador y feroz. Hay un gallo que se sube a un poste para cantar, el cual parece fijarse especialmente en mí cuando lo miro a través de la ventana de la cocina, y me hace temblar, de lo fiero que es. Con los gansos de fuera, junto al portal lateral, que vienen bamboleándose tras de mí con el largo cuello estirado cuando paso por allí, sueño por la noche: como un hombre rodeado de fieras podría soñar con leones.
Aquí hay un largo pasaje—¡qué enorme perspectiva hago de él!—que va desde la cocina de Peggotty hasta la puerta de entrada. De ella sale un oscuro cuarto despensa, un lugar por el que hay que pasar corriendo de noche; pues no sé qué puede haber entre esos barriles, tarros y viejos cajones de té, cuando no hay nadie allí con una luz que arde débilmente, dejando escapar por la puerta un aire a humedad en el que se percibe el olor a jabón, encurtidos, pimienta, velas y café, todo en un solo soplo.