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nydus/David CopperfieldPublic
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XI. Comienzo a ganarme la vida por mi cuenta, y no me gusta

Las dificultades del señor Micawber vinieron a sumarse a mi estado de ánimo afligido. En mi situación de desamparo llegué a cogerles mucho cariño a los miembros de la familia, y andaba por ahí dándole vueltas a los cálculos de medios y recursos de la señora Micawber, y agobiado por el peso de las deudas del señor Micawber. Un sábado por la noche, que era mi gran capricho⁠—en parte porque era un gran acontecimiento caminar a casa con seis o siete chelines en el bolsillo, mirando los escaparates y pensando en lo que se podría comprar con semejante suma, y en parte porque volvía temprano⁠—, la señora Micawber me hacía las confidencia más desgarradoras; lo mismo ocurría un domingo por la mañana, cuando preparaba la porción de té o café que había comprado la noche anterior en una pequeña taza de afeitar, y me tomaba el desayuno con calma. No tenía nada de extraño que el señor Micawber soltara sollozos violentos al principio de una de estas conversaciones de los sábados por la noche, y cantara que la alegría de Jack era su bella Nan hacia el final de la misma. Le he visto llegar a cenar con un torrente de lágrimas y la declaración de que ya no quedaba más remedio que la cárcel; y acostarse haciendo el cálculo del gasto que supondría añadir unos ventanales salientes a la casa, «por si surgía algo», que era su expresión favorita. Y la señora Micawber era exactamente igual.

Una curiosa igualdad de amistad, originada, supongo, en nuestras respectivas circunstancias, surgió entre mí y esta gente, a pesar de la ridícula disparidad de nuestras edades. Pero nunca permití que me convencieran de aceptar ninguna invitación para comer y beber con ellos a costa de sus provisiones (sabiendo que se llevaban mal con el carnicero y el panadero, y que a menudo no tenían demasiado para ellos mismos), hasta que la señora Micawber me otorgó su entera confianza. Esto lo hizo una tarde de la siguiente manera:

—Maestro Copperfield —dijo la señora Micawber—, no le considero un extraño y, por lo tanto, no vacilo en decir que las dificultades del señor Micawber están llegando a un punto crítico.

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