Aquí y allá, algunas lámparas tempranas comenzaban a parpadear en la ciudad distante; y en el sector oriental del cielo aún flotaba la luz lurida. Pero, de la mayor parte del amplio valle interpuesto, una neblina se alzaba como un mar que, mezclándose con la oscuridad, hacía parecer que las aguas crecientes habrían de rodearlos. Tengo razones para recordar esto y pensarlo con pavor; porque antes de volver a ver a aquellos dos, un mar tempestuoso había llegado a sus pies.
Reflexionando sobre lo que se me acababa de contar, creí conveniente comunicárselo al señor Peggotty. A la tarde siguiente fui a Londres en su busca.
Él siempre andaba deambulando de un lugar a otro, con el único propósito de encontrar a su sobrina por delante, pero pasaba en Londres más tiempo que en ninguna otra parte. Muchas y muchas veces, por entonces, le había visto en lo más hondo de la noche caminando por las calles, buscando, entre los pocos que vagaban al aire libre a esas horas desusadas, aquello que temía encontrar.
Tenía una habitación alquilada encima de la tiendecita de comestibles del mercado de Hungerford, que he tenido ocasión de mencionar más de una vez, y desde donde había partido por primera vez en su misión de misericordia.
Hacia allí dirigí mis pasos. Al preguntar por él, me enteré por la gente de la casa de que aún no había salido y de que lo encontraría en su cuarto, arriba.
Estaba sentado leyendo junto a una ventana en la que conservaba unas pocas plantas. La habitación estaba muy limpia y ordenada. Comprendí en un instante que siempre se mantenía preparada para recibirla, y que nunca salía sin pensar en la posibilidad de traerla a casa. No había oído llamar a la puerta y solo levantó la vista cuando puse la mano sobre su hombro.