Dichoso
Todo este tiempo había seguido amando a Dora, con más fuerza que nunca. Su recuerdo era mi refugio ante la desilusión y la angustia, y me compensaba, incluso, por la pérdida de mi amigo. Cuanto más me compadecía a mí mismo, o compadecía a los demás, más buscaba consuelo en la imagen de Dora.
Cuanto mayor era la acumulación de engaños y tribulaciones en el mundo, más brillante y pura brillaba la estrella de Dora muy por encima del mundo.
No creo que tuviera una idea clara de dónde venía Dora, ni en qué medida estaba emparentada con un orden superior de seres; pero estoy bien seguro de que habría rechazado con indignación y desprecio la idea de que fuera simplemente humana, como cualquier otra señorita.
Si me es permitido expresarlo así, yo estaba empapado de Dora. No me hallaba simplemente hasta las cejas de enamorado de ella, sino que estaba saturado de arriba abajo. Habría podido exprimirse de mí suficiente amor, metafóricamente hablando, como para ahogar a cualquiera; y aun así habría quedado lo suficiente en mí, y por todo mi ser, como para impregnar mi existencia entera.
Lo primero que hice, por iniciativa propia, al regresar, fue dar un paseo nocturno hasta Norwood y, como el sujeto de una venerable adivinanza de mi infancia, «dar vueltas y vueltas a la casa, sin tocar jamás la casa», pensando en Dora. Creo que el tema de aquel incomprensible acertijo era la luna. Fuera lo que fuese, yo, el esclavo obnubilado por Dora, deambulé una y otra