solo fuera capaz de cocinar chuletas y puré de patatas. En cuanto a una pescadera, la señora Crupp dijo, ¡pues vaya! ¿Quería tan solo ir a mirar el fogón? No podía hablar más claro que eso. ¿Quería ir a mirarlo? Como no me habría enterado de mucho aunque lo hubiera mirado, decliné, y dije: «No te preocupes por el pescado». Pero la señora Crupp dijo que no dijera eso; que era temporada de ostras, ¿por qué no ellas? Así que aquello quedó zanjado. La señora Crupp dijo entonces que lo que ella recomendaría sería lo siguiente. Un par de pollos asados calientes—de la pastelería; un plato de ternera estofada, con verduras—de la pastelería; dos piececitas en los rincones, como una empanada de hojaldre y un plato de riñones—de la pastelería; una tarta y (si me gustaba) un molde de gelatina—de la pastelería. Esto, dijo la señora Crupp, la dejaría en total libertad para concentrar su mente en las patatas, y para servir el queso y el apio tal como le gustaría ver que se
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XXIV. Mi primera disipación
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