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nydus/David CopperfieldPublic
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XLIII. Otra retrospección

  • De la señorita Lavinia, que actúa como dama de honor semiauxiliar, por ser la primera en llorar, y por rendir homenaje (según creo) a la memoria de Pidger con sollozos;
  • de la señorita Clarissa aplicando un frasco de sales;
  • de Agnes cuidando de Dora;
  • de mi tía esforzándose por representarse a sí misma como un modelo de severidad, con lágrimas rodándole por el rostro;
  • de la pequeña Dora temblando muchísimo y respondiendo con débiles susurros.

De cómo nos arrodillábamos juntos, codo con codo; de cómo Dora temblaba cada vez menos, pero sin soltar nunca la mano de Agnes; de cómo el servicio transcurría con tranquilidad y solemnidad; de cómo todos nos mirábamos con una mezcla primaveral de sonrisas y lágrimas, una vez terminado; de cómo mi joven esposa sufría un ataque de histeria en la sacristía, llorando por su pobre papá, su querido papá.

De cómo volvió a alegrarse pronto, y de que todos firmáramos el registro.

De mi ida a la tribuna para que Peggotty viniera a firmarlo; de los abrazos que me dio Peggotty en un rincón, diciéndome que había visto casarse a mi propia y querida madre; de que todo hubiera terminado y de nuestra marcha.

De cómo caminaba yo tan orgulloso y amoroso por el pasillo central con mi dulce esposa del brazo, a través de una neblina de gente apenas vista, púlpitos, monumentos, bancos, pilas bautismales, órganos y vidrieras de iglesia, en los que revolotean leves aires de asociación con mi infantil iglesia natal, de hacía tanto tiempo.

De susurrar, a nuestro paso, qué joven pareja somos y qué bonita mujercita es ella. De que todos fuéramos tan alegres y habladores en el coche de vuelta.

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