- De la señorita Lavinia, que actúa como dama de honor semiauxiliar, por ser la primera en llorar, y por rendir homenaje (según creo) a la memoria de Pidger con sollozos;
- de la señorita Clarissa aplicando un frasco de sales;
- de Agnes cuidando de Dora;
- de mi tía esforzándose por representarse a sí misma como un modelo de severidad, con lágrimas rodándole por el rostro;
- de la pequeña Dora temblando muchísimo y respondiendo con débiles susurros.
De cómo nos arrodillábamos juntos, codo con codo; de cómo Dora temblaba cada vez menos, pero sin soltar nunca la mano de Agnes; de cómo el servicio transcurría con tranquilidad y solemnidad; de cómo todos nos mirábamos con una mezcla primaveral de sonrisas y lágrimas, una vez terminado; de cómo mi joven esposa sufría un ataque de histeria en la sacristía, llorando por su pobre papá, su querido papá.
De cómo volvió a alegrarse pronto, y de que todos firmáramos el registro.
De mi ida a la tribuna para que Peggotty viniera a firmarlo; de los abrazos que me dio Peggotty en un rincón, diciéndome que había visto casarse a mi propia y querida madre; de que todo hubiera terminado y de nuestra marcha.
De cómo caminaba yo tan orgulloso y amoroso por el pasillo central con mi dulce esposa del brazo, a través de una neblina de gente apenas vista, púlpitos, monumentos, bancos, pilas bautismales, órganos y vidrieras de iglesia, en los que revolotean leves aires de asociación con mi infantil iglesia natal, de hacía tanto tiempo.
De susurrar, a nuestro paso, qué joven pareja somos y qué bonita mujercita es ella. De que todos fuéramos tan alegres y habladores en el coche de vuelta.