—Este primero vino —dijo, seleccionándolo de entre los demás—, antes de que yo me hubiera marchado una semana. Un billete de banco de cincuenta libras, en una hoja de papel, dirigido a mí, y metido debajo de la puerta por la noche. ¡Trató de disimular su letra, pero no pudo ocultármela!
Volvió a doblar la nota con gran paciencia y esmero, exactamente de la misma forma, y la dejó a un lado.
—Esto le llegó a la señora Gummidge —dijo, abriendo otra—, hace dos o tres meses. Tras mirarla durante unos instantes, me la dio y añadió en voz baja—: Tenga la amabilidad de leerla, señor.
Leo lo siguiente:
«¡Ay, qué sentirás al ver estas líneas, y al saber que proceden de mi mano inicua! ¡Pero intenta, intenta —no por mí, sino por la bondad de mi tío—, intenta ablandar tu corazón hacia mí, aunque solo sea por un ratito, un ratito! ¡Intenta, te lo ruego, apiadarte de una muchacha desgraciada, y escribe en un trozo de papel si él está bien, y qué dijo de mí antes de que dejaran de nombrarme entre ustedes, y si por las noches, a la hora en que solía yo volver a casa, alguna vez lo ves con la mirada de quien piensa en la que tanto, tanto amaba! ¡Ay, se me parte el corazón al pensarlo! Estoy de rodillas ante ti, suplicándote y rogándote que no seas tan dura conmigo como merezco —como bien, bien sé que merezco—, sino que seas tan benévola y tan buena como para escribir algo sobre él y enviármelo. No hace falta que me llames Pequeña, no