No me cabía la menor duda de que ella era muy bonita, en cualquier caso; pero resultó que nunca la había visto tan favorecida.
No estaba en el salón cuando presenté a Agnes a sus pequeñas tías, sino que se mantenía esquiva, apartada. Yo sabía dónde buscarla, ahora; y, por supuesto, la encontré tapándose los oídos de nuevo, detrás de la misma puerta vieja y deslucida.
Al principio no quería venir en absoluto; y luego suplicó que la esperara cinco minutos según mi reloj. Cuando al fin pasó su brazo por el mío para ser conducida al salón, su carita encantadora estaba sonrojada y nunca había sido tan bonita. Pero, cuando entramos en el salón y se puso pálida, era diez mil veces más bonita todavía.
Dora le temía a Agnes. Me había dicho que sabía que Agnes era «demasiado lista». Pero cuando la vio parecer al mismo tiempo tan alegre y tan seria, y tan pensativa, y tan buena, soltó un leve grito de alegre sorpresa, y simplemente pasó sus afectuosos brazos alrededor del cuello de Agnes, apoyando su inocente mejilla contra el rostro de esta.
Nunca fui tan feliz. Nunca sentí tanta alegría como cuando vi a esos dos sentarse juntos, codo con codo. Como cuando vi a mi pequeña querida mirar con tanta naturalidad a esos ojos cordiales. Como cuando vi la tierna y hermosa mirada que Agnes posó sobre ella.
La señorita Lavinia y la señorita Clarissa compartieron, a su manera, mi alegría. Era la mesa de té más agradable del mundo. La señorita Clarissa presidía. Corté y pasé el dulce pastel de semillas —las hermanitas tenían una afición parecida a la de los pájaros por picotear semillas y azúcar—; la señorita Lavinia observaba con benevolente mecenazgo, como si nuestro feliz amor fuera obra suya; y estábamos perfectamente contentos con nosotros mismos y los unos con los otros.
La suave alegría de Agnes llegó a todos sus corazones.